Dicen que Lee Harvey Oswald mató a Kennedy en un trance de sonambulismo inducido por el gabinete de hipnosis de la CIA. El mismo procedimiento, se sospecha, que empujó a James Earl Ray, el 4 de abril de 1968, en Memphis, Tennessee, a asesinar a Martin Luther King. Se trata del Proyecto MKUltra, que programó también a Sirhan Sirhan, un palestino de 24 años, para que asesinara a Bob Kennedy en la cocina del hotel Ambassador de Los Ángeles el 5 de junio de 1968. Dicen.
Se puede involucrar a una o a muchas víctimas en el engaño. En un operativo un tanto demodé, nostálgicos pertenecientes al Movimiento Todos por la Patria asaltaron a sangre y fuego el cuartel de La Tablada, el 23 de enero del 89, convencidos de que abortaban un golpe de Estado. Las operaciones políticas de mayor calibre bordean el limbo entre realidad y literatura, entre la estrategia brillante y la teoría de la conspiración, y vienen de lejos. Después de diez años de infructuosos intentos, el ejército de Agamenón ingresó en Troya con el artilugio de un gran caballo de madera obsequiado al rey Príamo. El 30 de octubre de 1938, Orson Welles (de apenas 23 años) transmitió por radio una adaptación de la novela La guerra de los mundos, en la que se anunciaba, a modo de boletines informativos, una invasión extraterrestre a los EE. UU., poniendo a prueba la credulidad de las audiencias y develando para siempre el poder sugestivo de los medios de comunicación.
Sexo y política
Con frecuencia, la manipulación apela al más burdo y eficaz de los recursos: el sexo. En la leyenda urbana que circuló hace algunos años, cierto famoso director de cine, español, llega a La Habana y se mueve durante algunos días como Pedro por su casa entre sórdidos tugurios de lujuria y desenfreno, ignorando que una cámara ominosa grababa el desatino y un terror adamantino sentenciaba su albedrío y su coartada. Un clásico del G2 cubano: tenderles una cama a sus invitados y chantajearlos con eso de por vida. Personalidades del arte y la cultura que luego apoyarán temerosa y dubitativamente al régimen y darán testimonio forzado de sus logros.
Se habla, también, de cierto ex presidente del gobierno de España, súbitamente convertido en apologista del chavismo y de la revolución cubana, acérrimo defensor de lo indefendible. Se habla de que el propio Donald Trump habría dejado escabrosos secretos de alcoba en manos de los agentes de Putin tras un viaje a Moscú, en noviembre de 2013, para el certamen de Miss Universo. Y todos conocemos o sospechamos los alcances del caso Epstein.
Nuestras “operetas”
Las llamadas “operetas” son versiones minimizadas, caricaturescas o ridículas de las verdaderas operaciones políticas, de las graves y solemnes conspiraciones. La Argentina, en ese sentido, se ha convertido en un país de opereta: que un periodista señale los datos negativos de la economía, haga una crítica o difunda un escándalo del gobierno es interpretado, a falta de otras mejores, como una “opereta”, y se insinúa que ha cobrado por hacerlo. Conformar un grupo comando para echar excremento en la vereda de un rival político y ser delatado por las cámaras de vigilancia, eso sí es un claro ejemplo de opereta fallida. Bien podríamos considerar la tosquedad y el bajo nivel de estas “operaciones políticas” como un indicio más de nuestra decadencia. Nos hablan de la pobreza imaginativa y la mediocridad de nuestra clase dirigente, torpes, incluso, hasta para hacer el mal.
Quizás, la última gran operación digna de ese nombre fue el financiamiento del partido de Milei y su impulso en los medios con la intención de dividir el voto de la derecha en las elecciones de 2023. La idea no era mala, y que el tiro haya salido violentamente por la culata no es achacable a los conspiradores, sino a la propensión farsesca de los argentinos. (Ahora se intenta apuntalar a Myriam Bregman para dividir el voto opositor entre los resabios del peronismo y una izquierda prolija y bien peinada).
Las operaciones políticas, en fin, son apasionantes en el cine o las novelas, pero resultan trágicas para la vida real. Y, al igual que las drogas, peores y más nocivas si se adulteran, las manejan tontos, o son de mala calidad.
Juan Ángel Cabaleiro
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